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«Al conversar con él, uno siente virtualmente que no está tratando en absoluto con una persona, sino con eslóganes, consignas y cosas por el estilo que se han apoderado de él.» — Dietrich Bonhoeffer

En las democracias modernas damos por sentado que la libertad de expresión es un derecho incuestionable. Sin embargo, en España, cada vez más personas comienzan a experimentar un fenómeno inquietante: el miedo invisible. No se trata de leyes explícitas que silencien, sino de un clima sutil, social y psicológico que condiciona lo que decimos y, sobre todo, lo que callamos.

Puedo reconocerlo porque lo padecí en Cuba, donde el verdadero bloqueo era interno: politización, censura, miedo. Cualquiera podía delatarte: un vecino, un amigo, tu propia familia.

No podías ser tú. Ni siquiera quejarte en voz alta tras cuatro horas de espera en una parada de autobús, porque siempre había un delator dispuesto a señalarte como contrarrevolucionario y ponerte en la lista negra.

Guagua habanera

La vigilancia era asfixiante: el régimen fomentaba a los chivatos, estaban autorizados a seguirte, a escuchar tus llamadas, a vetar tus amistades. Te acusaban de «diversionismo ideológico» por lo que leías o vestías. Hasta por escuchar a los Beatles podías ser castigado. Y en esa paradoja cruel, años después, levantaron una estatua de Lennon, convertido en icono comunista.

Al otro lado del horror, en la convulsa Europa, pocas décadas antes, Dietrich Bonhoeffer, el teólogo y pensador alemán, se convirtió en una de las voces más firmes contra el nazismo. Con apenas 27 años, denunció públicamente a Hitler, fundó seminarios clandestinos y conspiró contra el régimen. Arrestado en 1943, pasó dos años en prisión hasta ser ejecutado en abril de 1945 en el campo de concentración de Flossenburg, un mes antes de que acabara la guerra.

Acto de repudio en La Habana

La psicopatía de ese sistema había creado un castigo social todavía vigente llamado «mitín de repudio»: turbas violentas enviadas por el aparato represor que gritaban en tu puerta insultos — gusano, escoria, lumpen, vende patria, traidor, antisocial, que se vayan... Repetían como zombis caribeños un coro pegadizo: «pin pón fuera, abajo la gusanera» o «pa lo que sea, Fidel, pa lo que sea», aunque ese «pa lo que sea» signifique golpear a un vecino entre todos, si la orden viene del líder es moralmente incuestionable, aunque incluso se involucre a los niños en fase de adoctrinamiento.

Niño con cartel Acto de repudio en Cuba

¿Qué puede llevar a gran parte de la población a someterse e incluso apoyar semejante aberración?

Bonhoeffer, en su teoría de la estupidez, observó cómo este fenómeno permitió que las masas apoyaran a un líder como Hitler. No fue la inteligencia lo que faltó, sino la voluntad de cuestionar. La propaganda, repetida hasta el cansancio, unida al miedo y a la presión del grupo, llevó a millones a aplaudir lo que, visto con distancia, es demencial.

Hitler adorado por las masas

El mismo mecanismo ejercido ya en Cuba se repitió en Venezuela, donde la llegada de un líder carismático, presentado como salvador de los humildes frente a las élites, conquistó a la mayoría. Las promesas de igualdad y justicia social fueron la antesala de un control absoluto, persecución de voces disidentes y empobrecimiento masivo.

Chávez y el pueblo

Fidel Castro fue admirador de Francisco Franco

Mientras la estupidez colectiva dividía a las masas en bandos opuestos, ambos supieron reconocerse mutuamente. Franco mantuvo la embajada española en La Habana cuando otros países se desvinculaban de la dictadura castrista, y España se convirtió en socio comercial clave durante el embargo estadounidense.

Franco y Castro Bonhoeffer

La admiración del tirano Castro hacia el caudillo quedó sellada de manera pública en 1975, cuando murió Franco. El régimen castrista decretó tres días de duelo nacional en la isla y envió delegaciones oficiales a rendir homenaje en Madrid. Un gesto que revela una verdad incómoda: la estupidez normalizada no ha desaparecido y hoy vuelve a tener a España como objetivo.

A la estupidez moderna se suma el buenismo

Esa corrección política que, amparada en la presunta superioridad moral de algunos, marca los límites de lo decible. Lo que aparenta ser respeto se convierte en insulto y señalamiento, y tras esa fachada de bondad late una de las formas más sutiles de censura: la que obliga a callar para no ser reducido a facha, racista o ultraderechista.

Hoy la amenaza no llega solo de regímenes totalitarios. La propia Unión Europea debate el llamado Chat Control, una normativa que permitiría escanear todos nuestros mensajes, incluso los cifrados, en nombre de la seguridad. ¿El resultado? Que cada ciudadano viva con la sensación de ser vigilado permanentemente.

El riesgo de esta censura intangible está ganando terreno: si se normaliza, tiende a cristalizar en leyes que limiten de manera formal la libertad de expresión. Lo que hoy es miedo al señalamiento social tiende a convertirse en sanciones, prohibiciones y regulaciones que acallen voces incómodas. La historia demuestra que, cuando el silencio se institucionaliza, lo que se pierde no se recupera fácilmente.